Economía

Si la economía se ha globalizado, la política democrática debe hacerlo también. (5/8 El Final del Consenso Socialdemócrata)

1. Un mundo de estados postnacionales.

Sabemos por tanto que, por poderosos que sean los vínculos emocionales con un pasado que se imagina mejor, el mundo ya no es así. Las cadenas de valor de todos los procesos productivos relevantes se han globalizado y cualquier vuelta atrás (que sobre el papel es por supuesto posible) implicaría enormes pérdidas de eficiencia que la hacen muy poco probable. No estamos en los tiempos en que el “librecambio” era forzado por los poderes imperiales para colocar sus productos en sus colonias, ni en los inicios de la industrialización, en que algún tipo de protección aduanera podía resultar clave para industrias que apenas estaban naciendo. No, hoy, como hemos venido comentando, los procesos de producción están fuertemente interconectados entre unos y otros países: no es posible, por ejemplo, fabricar automóviles en España si no se acepta que la mitad del valor añadido de esos automóviles será producido fuera de ella.

Forzar de manera artificiosa las estructuras productivas de un país lleva inevitablemente a la ineficiencia. Los países que han intentado ese tipo de “soluciones” han terminado pagándolo muy caro en términos de productividad y competitividad y, por tanto, a largo plazo, de bienestar. Uno no puede inventarse lo que no es cerrando sus fronteras: los negocios así creados no podrán sobrevivir cuando la apertura resulte inevitable para recuperar la prosperidad perdida. Las alternativas pasan por competir a nivel global con las mejores armas de las que cada país puede disponer: buscando las fortalezas propias que le permitan situarse lo mejor posible en las cadenas de valor globalizadas. Y en ese terreno las políticas públicas deben tener mucho que decir, facilitando (educación, inversiones en infraestructuras, en desarrollo científico, en políticas de oferta, etc.) que la estructura de negocios del país se posicione lo mejor posible en las cadenas globales de valor.

En las políticas sociales públicas, las soluciones, que las hay, pasan por programas progresistas planteados de forma global, coordinada, generando movimientos también “globalizados” que exijan a cada estado políticas a ese nivel. Los propios estados “nacionales”, tal como los hemos conocido en su no muy larga historia (se inició más o menos a principios del Siglo XIX), están modificándose aceleradamente. Vamos hacia un mundo de estados cooperativos, “postnacionales” como ya los definía Jürgen Habermas en una fecha tan temprana como 1998, que se obligan a tomar decisiones de forma compartida con otros estados o ceden sus competencias en instituciones comunes. Solo en ese ámbito van a tener solución los problemas medioambientales, de seguridad o por supuesto los económicos y sus derivadas sociales: el desmantelamiento de la fiscalidad y su corolario a plazo fijo: el del estado de bienestar, el crecimiento de la desigualdad y de la precariedad.

2. Pero la política no se ha globalizado.

Los movimientos progresistas hoy necesitan cambiar de foco: los problemas se han globalizado, ya no hay respuestas operativas solo en el terreno nacional. Y si no las hay en ese ámbito es imprescindible buscar soluciones en donde puedan ser operativas. La respuesta política, absolutamente necesaria, a la globalización de los mercados no puede darse desde un estado nacional inoperativo, sino que ha de ser a su vez global. La regulación de la economía y de los procesos sociales ha de hacerse desde la política porque eso es algo distinto de los procesos de “corrección” del mercado. La pretensión de sustituir las reglas que establece la política por un supuesto equilibrio de los mercados, que siempre se supone que actúan de forma eficiente a largo plazo, es una falacia si se pretende que opere más allá de lo que es capaz de resolver. Siempre lo fue, esto era algo bien sabido desde hace bastante tiempo: las correcciones que se generan de forma recurrente en los propios mercados solo resuelven los problemas relacionados con los movimientos relativos de los precios, pero no puede resolver aquello que no forma parte del mercado: los derechos, la falta de oportunidades para todos, la protección de los más débiles, el aseguramiento de una vida decente para todo el mundo. Eso se hace con las leyes y con programas políticos específicos.

El consenso socialdemócrata, con el que se pusieron en marcha y se protegieron los estados de bienestar, nació para eso. El problema es que los estados, por sí solos, en solitario, han dejado de tener capacidad, poder efectivo, para resolver los problemas que más acucian a sus ciudadanos. Es verdad que la lucha política siempre se produce en el terreno de cada estado, hoy por hoy no puede ser de otra manera, pero las políticas a desarrollar por cada gobierno tienen efectos globales que deben formar parte de la actividad política. Los ciudadanos debemos aprender a valorar, como parte importantísima de los programas políticos, no solo los aspectos de consumo interno sino las medidas a desplegar en el ámbito exterior para resolver o mejorar lo que no puede resolverse más que con acuerdos con otros gobiernos. La alternativa no es desarrollar solo programas de consumo “nacional”, presuponiendo que se será capaz de controlar internamente los efectos de la globalización, y aún menos pretender que lo mejor sería una vuelta al pasado. Eso es un espejismo que en la práctica o bien no tendrá ningún efecto o terminará siendo un desastre. Por ese camino todo el terreno queda en manos de políticas de derechas que, progresivamente, sin necesidad de explicitarlo en ningún programa político, conducirán a la liquidación de los estados de bienestar por la vía de mantener el statu quo y la estructura de instituciones (paraísos fiscales, desregulaciones financieras, ….) que entrega a las “fuerzas del mercado” globalizado toda la iniciativa

3. ¿Qué ha sido de la II Internacional?

Las barreras más importantes para desplegar estas nuevas formas de política se encuentran en los propios ciudadanos y en sus movimientos sociales. Son muy limitadas las iniciativas en este terreno. Resulta, cuanto menos, curioso observar la incapacidad para moverse en estos escenarios de movimientos que nacieron al abrigo de ideologías fuertemente internacionalistas y que fueron capaces de poner en marcha Organizaciones Internacionales de Trabajadores (la Primera Internacional, la Segunda, la Tercera, …) muy influyentes en su día, capaces de lanzar y finalmente conseguir reivindicaciones tan importantes como la limitación a ocho horas de las jornadas de trabajo. Los avances en coordinación internacional de políticas progresistas están hoy protagonizados exclusivamente por las propias instituciones gubernamentales o por ONG y movimientos de voluntarios interesados en algún objetivo específico. Es muy llamativo que hoy prácticamente los únicos movimientos internacionales pretendidamente populares sean los “antiglobalización”.

No hay ninguna movilización sindical que merezca ese nombre para conseguir objetivos “globalizados” (jornadas, salarios mínimos, agenda social a nivel europeo, políticas fiscales coordinadas, …), tan solo para revertir el proceso globalizador con todos sus efectos, buenos y malos. No hay tampoco ninguna internacional política que se plantee objetivos comunes relevantes: la II Internacional Socialista es completamente inoperativa, un mero remedo de lo que fue en el pasado. Y sobre todo no hay apoyo popular a movilizaciones de ese tipo; todo parece cocerse en el viejo y estrecho terreno de la nación, agredida, según el caso, por “los alemanes que nos imponen la austeridad”, o por “los del sur, que quieren que les paguemos sus fiestas”, o por “los que vienen de fuera a quitarnos los trabajos”.

Es bien triste por ejemplo que, en las últimas elecciones francesas, el único político que ligaba su programa y sus objetivos al desarrollo de una mejor Unión Europea fuese un liberal-centrista como Macron. La izquierda, además de dividida, fue a las elecciones con un mensaje nacionalista; en este terreno (no en otros evidentemente) no muy distinto del muy antieuropeísta del partido de los Le Pen. En España, las dudas iniciales de la izquierda en relación con el acuerdo comercial de la UE con Canadá, país por cierto con el que España tiene superávit comercial, es un buen ejemplo de las dificultades para moverse en estos terrenos. Las críticas a este acuerdo pretendían basarse en los supuestos efectos que podría tener en las regulaciones sanitarias y medioambientales, cosa que era un riesgo en las negociaciones (ahora suspendidas por todo el mundo, no solo por Trump) con EE.UU., pero resultaba muy dudosa a la vista del tipo de acuerdos efectivamente alcanzados con Canadá. Pero en cualquier caso lo que queremos enfatizar es que la izquierda (la que se opuso), en lugar de buscar el despliegue de un movimiento popular que explicase estos efectos, si es que existían, y pidiese la modificación del tratado en determinados aspectos, basó toda la oposición al mismo en un discurso proteccionista para exigir su no aprobación, que se consideraba de una manera simplista como una imposición de la “globalización” de los mercados.

Ésta es la quinta entrega de una serie de 8 sobre «El Final del Consenso Socialdemocrata» Si quieres leer la primera entrega, puedes hacer click aquí: La construcción del consenso socialdemócrata (1 de 8)

Si quieres leer la segunda entrega puedes hacer click aquí: La situación cambia. ( El final del consenso socialdemócrata. Post 2/8)

Si quieres leer la tercera entrega, puedes hacer click aquí:De nuevo se extrema la desigualdad y la precariedad. ( El final del Consenso Socialdemócrata, 3 de 8)

Si quieres leer la cuarta entrega puedes hacer click aquí: 4.- El consenso socialdemócrata se rompe. La derecha social es hegemónica. (4/8 El final del Consenso Socialdemócrata)

 

 Ilustración: Título original: De parabel der blinden. 1568. Museo: Museo de Capodimonte, Nápoles (Italia). Técnica: Óleo (86 cm × 154 cm).

Seis ciegos caminan unos delante de los otros. Un guía, también ciego, los precede y cae en un agujero. Los otros irán detrás. La pintura se basa en un dicho de Jesucristo (Mateo 15,14) que dice “Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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