Economía

Recapitulación y perspectivas (8/8 El Final del Consenso Socialdemócrata)

1. La construcción del consenso socialdemócrata.

La revolución industrial supuso una modificación completa de las condiciones en las que se vivía y trabajaba. Las nuevas fábricas acogieron a una población creciente que ya no encontraba su sustento en la agricultura y que emigraba a las ciudades. Los salarios y las condiciones de trabajo en la industria eran ínfimos, pero un “ejército de parados” que venía de las aldeas empobrecidas generaba la oferta de mano de obra suficiente para que estas condiciones no mejorasen. Los regímenes liberales, muy preocupados desde sus orígenes por la pérdida de control social que el fin de las autocracias podría implicar, habían tendido a establecer democracias censitarias que impedían el acceso a los derechos políticos de la población asalariada. Sin participación política, sin sindicatos ni derechos de huelga, los trabajadores se encontraban de hecho sin posibilidades de defenderse en una sociedad regida por los principios del contrato entre particulares, que había venido a sustituir a otra basada en el privilegio, pero que no era capaz de mejorar la situación de la mayoría.

En estas condiciones institucionales y políticas, durante las seis primeras décadas de la revolución industrial, los impresionantes incrementos de la producción y la productividad no se tradujeron en mejoras salariales ni de las condiciones de trabajo. Ahí nacieron los primeros movimientos socialistas y las ideologías que pretendían sustituir la sociedad capitalista por otra más capaz de proteger mejor los intereses de los trabajadores. El sufragio universal (al menos para la población masculina), los derechos de huelga y la creciente sindicalización fueron rompiendo los corsés políticos e institucionales que impedían las mejoras sociales.

En este ambiente social e ideológico, los cataclismos que generaron las dos Guerras Mundiales y la Gran Depresión del período de entreguerras, con las enormes demandas de recursos que los estados necesitaban, sirvieron de catalizador para  construir poderosos regímenes fiscales progresivos que, con la fuerza alcanzada por los movimientos sindicales y en un ambiente ideológico y político muy favorable, no se revirtieron al acabar el conflicto sino que sirvieron como bases para establecer progresivamente un conjunto de servicios y derechos que hoy conocemos como “estado del bienestar” o “sociedades socialdemócratas”. Estos derechos sociales, aunque impulsados y gestionados por el centro izquierda, gozaban de un muy amplio apoyo entre toda la población, lo que impedía su eliminación por los partidos de centro derecha, que venían a aceptar, en términos generales, la situación.

2. La globalización y la desigualdad.

A partir de los años 80 y 90 del siglo pasado la progresiva incorporación al mercado global de las antiguas colonias y de los países del bloque soviético hizo que la mano de obra disponible en el mercado global se duplicase en muy poco tiempo. Junto a ello, la creciente automatización de los procesos productivos y una serie de cambios estructurales en el funcionamiento de la economía han provocado en los países más desarrollados una disminución de los salarios reales de los trabajadores con especializaciones menos adaptables a los cambios producidos. Eso ha generado precariedad, bajos ingresos y desempleo, pero lo ha hecho de manera segmentada, porque el incremento de las “primas de especialización” ha favorecido a otros trabajadores más adaptados a la nueva situación. El fenómeno es global: también en los países en desarrollo ha crecido la desigualdad y mucho, a pesar de que la diferencia de rentas medias entre unos países y otros se ha reducido de forma sustancial.

La internacionalización de los procesos productivos y de los mercados de capitales ha dejado obsoletas en muchos terrenos las instituciones (gobiernos, parlamentos, partidos, sindicatos,.. ) que en cada estado podían limitar ciertos efectos del funcionamiento del mercado: salarios mínimos, límites a la precariedad, regulaciones laborales y salariales,…. En estas condiciones los salarios de una parte de la población se han reducido y ha crecido la precariedad. Parece como si el largo período de prosperidad y contención de la desigualdad que se abrió al finalizar la Segunda Guerra Mundial y en el que se consolidó el consenso socialdemócrata hubiese sido tan solo un paréntesis, destinado a terminar en cuanto las élites económicas lograsen recomponer sus instrumentos de dominio.

A pesar de que los programas redistributivos públicos, al menos en varios países europeos, no solo no han disminuido en su cuantía, sino que han seguido progresando, su ritmo no ha sido tal que hubiese permitido contrarrestar la desigualdad de ingresos de mercado. Las posibilidades de revertir la desigualdad de mercado desde el gasto público tienen sus límites, la fuente principal de desigualdad está en la distribución de ingresos de mercado. Los poderes de los estados para fiscalizar y hacer contribuir a las rentas del capital en los esfuerzos colectivos están mermados por un funcionamiento viciado de los mercados de capitales globalizados y la inexistencia de instituciones y políticas globalizadas, con poder efectivo para proyectar en el ámbito internacional políticas sociales públicas, basadas en el acuerdo entre los distintos países.

3. El consenso se rompe.

En esas condiciones los estados, en vez de ponerse de acuerdo para cerrar los paraísos fiscales y regular los mercados de capitales, se dedican a competir entre ellos rebajando los costes fiscales de las rentas de capital, poniendo en cuestión la progresividad de los sistemas fiscales y su capacidad recaudatoria y en definitiva preludiando una disminución de derechos sociales que solo pueden financiarse mediante endeudamiento, en niveles ya muy altos en casi todos los países. No hay nada casual en todo esto, se trata de una estrategia de la derecha para desmantelar las sociedades socialdemócratas aprovechando la inoperatividad de los estados actuales para desplegar políticas propias, autónomas, en un mundo crecientemente globalizado.

Frente a esto las izquierdas, y en particular los partidos socialdemócratas, se encuentran en estado de anomia, incapaces de aceptar el desafío en el terreno en el que hoy el avance tecnológico y la incorporación a los mercados y a la prosperidad de las poblaciones de los países en desarrollo lo ha situado. No es un problema achacable en exclusiva a sus dirigentes, a quienes definen sus políticas o alcanzan responsabilidades de gobierno, sino que responde a un reflejo generalizado que busca refugio en cada estado democrático frente a los desajustes o atropellos que genera el sistema económico. Es lo que más o menos funcionó y trajo prosperidad y dignidad para todos hasta los años 90 del pasado siglo. Pero ese refugio ya no existe de la manera en que existió: en la exclusiva soberanía de cada estado nacional. Para los problemas más graves de los ciudadanos las soluciones hoy solo pasan por acuerdos políticos globales, que establezcan derechos mínimos, corrijan de forma coordinada las crisis que los mercados generan y permitan establecer políticas fiscales efectivas.

Muchas de las personas que están sufriendo la precariedad o viendo disminuir sus salarios ya no encuentran su identidad política en la izquierda tal como era, como un proyecto de progreso, internacionalista, democrático e ilustrado; de nuevo aparecen o se renuevan mensajes aislacionistas, xenófobos o nacionalistas, que hablen de los viejos buenos tiempos en que nuestras naciones eran grandes y controlaban los desmanes de los mercados y las finanzas. En ese terreno, por mucho que algunos se hayan empeñado, las izquierdas tienen poco que ofrecer: siempre habrá alguno que la diga o la haga más gorda. Temerosas de la situación, las capas sociales más centristas han abandonado el proyecto socialdemócrata, que ligaba los derechos sociales con el progreso económico, y entregado su confianza a viejos y nuevos partidos de centro derecha. El “consenso socialdemócrata” está roto. En Europa ha sido la derecha, hegemónica, quien ha gestionado la salida de la crisis en prácticamente todos los países.

4. El contrato social.

Sin embargo, el progreso que los avances tecnológicos y la globalización han traído es real. Es la incapacidad para generar las ideas, los movimientos y las organizaciones dispuestas a poner en marcha programas e instituciones adaptadas al terreno en el que hoy pueden resolverse estos asuntos, lo que está impidiendo que las mejoras de eficiencia se trasladen a bienestar para todo el mundo, de una manera parecida a lo ocurrido durante la primera fase de las revoluciones industriales. Vivimos en una época fundamentalmente pacífica, que esperemos que dure siempre. Sin embargo, históricamente, en casi todas las sociedades de la antigüedad, los períodos de paz y estabilidad han traído consigo crecimientos acumulativos de las desigualdades. En cierto modo resulta algo lógico: en ausencia de conflictos o traumas los acontecimientos juegan a favor de los que ya están sólidamente instalados en una sociedad. Si hay buenas cosechas o si los negocios van bien los patrimonios crecen; si no hay conflictos peligrosos las élites sociales ejercen su influencia para incrementar cada vez más su riqueza; en ausencia de cataclismos sociales las leyes de la propiedad y de la herencia tienden a favorecer la acumulación de patrimonios privados o los bienes de las organizaciones religiosas.

Walter Scheidel ha analizado profusamente cómo la violencia, las plagas y el hundimiento de los estados han sido históricamente los únicos medios efectivos que han permitido reducir las desigualdades de una manera relevante. Es impensable que hoy, con la potencia de destrucción mutua existente, nadie pueda plantearse ningún programa político, que no sea una locura, con estas premisas. Estamos obligados a buscar soluciones pacíficas (aunque no exentas de conflicto) en un mundo de estados cooperativos, “postnacionales”, como los definía Jürgen Habermas, capaces de llegar a acuerdos y de compartir soberanías. Aunque nada de eso será posible si no hay detrás, empujando, movimientos políticos globalizados que exijan el compromiso real de sus gobiernos con esas políticas. Desgraciadamente estamos aún demasiado lejos de eso.

Mientras tanto resulta necesario hacer frente a las ideologías que buscan eliminar o recortar los derechos sociales que, según este discurso, generan ineficiencia. Una sociedad justa con todos sus miembros no puede regirse solo por criterios de eficiencia, dejando en la marginalidad a quienes no han podido encontrar su lugar en cada coyuntura económica. Al nacer, todos firmamos con todos un contrato social que nos obliga a unos con otros y que es precisamente lo que nos permite poner en marcha nuestros proyectos personales, que solo pueden alcanzarse en sociedad. No es caridad, son derechos. Además, la integración social es un bien en sí, las sociedades equilibradas son menos vulnerables a los conflictos y, por tanto, más eficientes globalmente.

5. Perspectivas.

Pero el ámbito de lo público es mucho más que los derechos sociales: define, regula e incluso en muchos casos gestiona una buena parte de nuestra vida cotidiana; es imprescindible para el adecuado funcionamiento de la economía y de toda la sociedad civil. No hay ninguna nación, ningún régimen político, en el que no se haya producido esa evolución, que parece obedecer a una necesidad funcional de nuestras muy complejas sociedades. En los países más desarrollados el sector público asigna más del 40% del PIB y, en algunos, se encuentra por encima del 50%. Razonablemente no puede ir mucho más allá. Para quienes pretenden reducir los derechos sociales resulta mucho más fácil poner el énfasis en la ineficiencia del sector público, eso dota de legitimidad a las propuestas de recortes, sobre todo con la deuda pública en los límites en que ya se encuentra.

Pero esa no debería ser la cuestión para la izquierda, sino exclusivamente la de los derechos sociales, porque el sector público es efectivamente ineficiente en determinados terrenos y es necesario su control para que no ocupe espacios que no le corresponden y sobre todo para que los movimientos de carácter corporativo, los grupos empresariales, los lobbies, las élites sociales con influencia en la política, no conviertan la búsqueda del interés general, que no otra cosa es o debería ser el espacio de la política, en una búsqueda de favores, privilegios, ventajas, desgravaciones, contratos, empleos o exenciones de deberes sociales. El sector público es hoy demasiado grande para dejarlo en manos de redes clientelares o de patrocinio. Esa debería ser hoy una de las señas de identidad de la socialdemocracia si quiere ser de alguna utilidad en estos años próximos.

En definitiva, no parece que pueda reconstruirse un “consenso socialdemócrata” realmente operativo, sin el que es imposible llevar a la práctica ningún programa progresista y revertir las situaciones de precarización, falta de expectativas y desamparo en el que se encuentran muchas personas, sin un profundo cambio de mentalidades que afecte a dos de los elementos que han definido la “identidad” de los movimientos socialistas hasta hoy, a saber: la defensa incondicional de “lo público”, como un espacio de igualdad contrapuesto a “lo privado”, regido por la desigualdad, y la reducción de los programas políticos a contraponer el estrecho marco del estado nacional al avance imparable de los mercados.

A la globalización de los mercados solo se puede responder con programas políticos globalizados y a la precarización y pérdida de derechos sociales solo se debe responder con más derechos sociales, no necesariamente con más sector público, y con una gestión del mismo eficiente y alejada de prácticas clientelares o corporativas.

 

                                              BIBLIOGRAFIA

 

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Ilustración: Pirámide del Sistema Capitalista, póster del sindicato Industrial Workers of the World. Critica el capitalismo representándolo como una estructura jerárquica de clases sociales.

Editado por Nedeljkovich, Brashich y Kuharich en 1911. Publicado por The International Pub. Co., Cleveland, OH. Original en el archivo: Anti-capitalism color.jpg. Manchas de polvo, manchas, rasgaduras y arrugas fijadas a través de Gimp.

IWW póster impreso 1911

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