Economía

De nuevo se extrema la desigualdad y la precariedad. ( El final del Consenso Socialdemócrata, 3 de 8)

1. Crece la desigualdad.

En líneas generales, por tanto, con la excepción de algunos países como el nuestro, donde la crisis destapó una estructura productiva muy desequilibrada, se mantienen los niveles de empleo en casi todos los países desarrollados. Pero el efecto no es neutral, no está siendo el mismo para todo el mundo: ha crecido el desempleo de larga duración entre los trabajadores más afectados por las deslocalizaciones o la automatización, no todos los empleados tienen el empleo que buscan y se ha elevado la desigualdad. Una parte de la población ha visto incrementadas sus rentas, pero muchas otras personas, en general aquellas cuyas especialidades están más expuestas en el nuevo mercado global o ante los procesos de automatización, están viendo disminuir sus salarios reales de manera relevante. La desigualdad ha crecido y sigue creciendo. También en los países en desarrollo, a pesar de la disminución de la pobreza y del aumento de los salarios reales, crece la desigualdad: una parte importante de su población aún no ha conseguido salir de la pobreza, lo que contrasta con las nuevas y crecientes clases medias que tienen niveles de renta equivalentes a los “occidentales”.

Los datos de crecimiento de la desigualdad en estas últimas décadas son realmente preocupantes. Han sido analizados en múltiples trabajos académicos; se podrían citar por su relevancia los de Thomas Piketty, Anthony B. Atkinson, o Joseph E. Stiglitz. No me extenderé en ellos por suficientemente conocidos, pero sí en las posibles causas de lo que está ocurriendo. Puede que haya otras, sobre todo en nuestro país donde la crisis económica puso de manifiesto graves problemas generados por una estructura productiva ineficiente y desequilibrada y donde la salida de la misma está basada parcialmente en sectores como el turístico con alta temporalidad y salarios bajos. Pero estas notas tienen una pretensión más conceptual y genérica: lo que me interesa es destacar lo que de general pueden tener los procesos que están en la base de la pérdida de influencia de los movimientos socialdemócratas en Europa.

El crecimiento de la desigualdad no obedece a una sola causa, si así fuera hace ya tiempo que estaría identificada. Más que a ninguna supuesta “ley” de movimiento del capitalismo, que luego comentaremos al hablar de Thomas Piketty, lo que ocurre parece estar ligado por una parte a cambios estructurales en la forma de desarrollar los negocios y las tecnologías en las que estos se basan, y por otra a la ideología y la situación política en la que todo esto está ocurriendo. Son varias las causas que confluyen en una situación que padecen ahora mismo todos los países, algunas de ellas son estructurales y conviene tenerlas presentes para desarrollar las políticas redistributivas más adecuadas que moderen los daños que causan a una parte de la población. Otras son, si se quiere pensar bien, el resultado de ideas sobre el funcionamiento de la sociedad muy desenfocadas, en las que solo parecen tener cabida criterios de mercado, de supuesta eficiencia y rentabilidad. Aunque quizá, no pensando tan bien, son las viejas políticas, tan viejas como el mundo, que solo buscan favorecer a los mejor situados en la sociedad. Hagamos pues, para intentar centrarnos en el problema, un breve repaso de los principales motivos del crecimiento de la desigualdad en los últimos treinta años.

2. Las causas.

En primer lugar, hay que mencionar los procesos de cambio generados por la globalización y la automatización, que no son, como hemos visto, neutrales en absoluto: implican la desaparición de muchos oficios y la aparición de otros nuevos que requieren habilidades y preparaciones diferentes. Es algo inevitable, lo genera de forma automática cualquier sociedad basada en el crecimiento, como las que conocemos desde hace dos siglos; el problema es que, si el cambio es demasiado rápido, muchas personas no pueden adaptarse a la nueva situación y terminan en el desempleo o aceptando una disminución de su salario. Cuando hay muchas personas en esta situación los salarios bajan. Las nuevas tecnologías demandan un tipo de trabajador con elevada formación y parecen haber disparado las denominadas “primas de especialización”: en estos treinta últimos años los licenciados universitarios han visto incrementadas sus retribuciones reales de manera clara, más allá de los crecimientos de los índices de productividad general, en cambio las retribuciones reales han bajado para los graduados de secundaria y aún más para los que abandonaron sus estudios. Esto probablemente cambiará en el futuro inmediato, conforme se adapte la preparación de los trabajadores a las exigencias del mercado de trabajo, pero hoy por hoy es así.

El segundo de los motivos tiene que ver con el propio diseño del mercado global: cuando los negocios se vuelven globales las posibilidades de beneficio se multiplican, al que le va bien le puede ir muy bien: vende en el mundo entero. Si el producto es bueno y tiene suerte el beneficio será mucho mayor que en un mercado solo nacional. Además, el acceso a mucha más información y el abaratamiento de la logística ha generado en los consumidores un deseo de “acceder a lo mejor”, lo que ha tenido como consecuencia el efecto, muy comentado, de que el “ganador se queda con todo el mercado”. También deben considerarse en este apartado las enormes extrarrentas que están generando las posiciones de dominio de mercado derivadas de los avances tecnológicos.

En tercer lugar, se ha producido un cambio fundamental en las normas sociales que regulan lo que se considera una retribución “justa” del trabajo de los directivos de empresa y, en general, de lo que puede entenderse como un abanico salarial razonable en las empresas, mucho más estrecho hace cincuenta o sesenta años de lo que lo es en la actualidad. Numerosas investigaciones han demostrado que las retribuciones de los ejecutivos de empresa dependen mucho menos del “mercado” de lo que se pretende y que en buena medida obedecen a presiones corporativas. La percepción de la “justicia” de determinadas retribuciones está ligada al posicionamiento ideológico: en sociedades más “igualitarias” como las escandinavas los abanicos retributivos son mucho más estrechos que en otras como EE.UU., donde las normas sociales, lo que se considera o no correcto, tienden a no ver estos asuntos como algo de lo que deban ocuparse las sociedades, supuestamente ya se ocupan los mercados. Además, suele ser un proceso acumulativo: cuanta más desigualdad existe, menos preocupación por la cohesión social y viceversa; los salarios de los ejecutivos americanos, por ejemplo, son cuatro veces los de sus colegas alemanes.

Como el cuarto de los motivos debemos destacar, por su importancia, el efecto de las externalizaciones (lo que en la jerga se llama el “outsourcing”): muchos trabajos que hace apenas unos años se desarrollaban en el seno de una empresa, la que tenía el negocio principal, se han cedido a otras, que trabajan bajo contrato con la principal; esto tiene en parte que ver con la necesidad de que cada empresa se centre en su “core business”, suponiendo que los servicios auxiliares al mismo serán mejor servidos por otras empresas especializadas en ellos. Sin embargo, en buena medida, obedece también, como ha analizado David Weil, a un intento (muy exitoso) de resolver el problema que al empresario le plantea el funcionamiento del “mercado laboral interno” en la empresa: en el interior de cada empresa los salarios se establecen según reglas fijas, pactadas o no, de relación entre iguales de la misma categoría y de funcionamiento de las carreras profesionales internas, que obedecen en general a ideas de lo que se considera o no justo y que solo parcialmente se rigen por criterios de productividad. Esto tiene el efecto de que en cada categoría los salarios tienden a establecerse para todos en función de los más productivos. Con la externalización el problema para el empresario se difumina puesto que el contrato pasa a ser un contrato mercantil y se establece con el mejor postor; el ajuste de los salarios a la baja se produce ahora en la empresa subcontratada, donde los criterios de lo que es o no “justo” ya serán diferentes, pues tendrán otras escalas salariales. Cuanto más lejos esté una empresa del negocio principal en la escala de subcontrataciones, más bajos serán los salarios de la misma. De esa manera aparece un tipo de desigualdad que podría denominarse “desigualdad entre empresas”: los trabajadores ya no serán más o menos desiguales en el interior de la empresa sino en función de que el sector en el que estén trabajando se encuentre más o menos externalizado.

En la quinta de las causas hay que mencionar el creciente uso de tecnología no complementaria sino sustitutiva de mano de obra, esto significa en general que la parte de capital necesario en los procesos productivos en relación con el trabajo se incrementa, lo que implicará que, en ausencia de otras variables, la parte de renta generada destinada a la retribución del capital tenderá a crecer. Eso puede que tenga que ver con la innovación en un primer momento, pero se puede convertir en un proceso acumulativo, disminuyendo la movilidad social.

3. El desmantelamiento de los sistemas fiscales.

Y esto nos lleva a la sexta y más preocupante causa: cuando la desigualdad se vuelve excesiva los efectos de la misma se trasladan a la sociedad y a la política. Los que han acumulado riqueza tienden a protegerla y para ello destinan una buena parte de su dinero y del poder que este confiere a blindar sus posiciones con privilegios y a intervenir en la política para conseguirlos y para evitar perderlos. La descarada utilización de los denominados paraísos fiscales para desmantelar la fiscalidad sobre el capital en todos los países es una buena muestra de lo que está ocurriendo. Otra es la práctica eliminación en muchos países, como el nuestro, de la fiscalidad sobre las herencias. O la reducción del poder de los sindicatos en las empresas (que obedece además a otras causas como luego se comentará). O la puesta en cuestión de los beneficios sociales y en general de las ayudas a los más desfavorecidos con el argumento de que resultan “insostenibles” a largo plazo.

Ciertamente el desmantelamiento del estado del bienestar que toda esta ofensiva ideológica y fiscal parece preludiar no ha entrado hasta ahora en los elementos más sustanciales del mismo y no está teniendo todo el éxito (al menos hasta hoy) que sus promotores quisieran: sigue existiendo una gran resistencia social a que se diluyan las mejoras del estado socialdemócrata. De hecho, cuantitativamente, las mejoras sociales han crecido en casi todos los países de la OCDE, y en particular en Europa, pero los impuestos y las transferencias no han seguido el mismo ritmo que la creciente desigualdad de ingresos de mercado. Las supuestas presiones competitivas de la globalización, que ningún país puede resolver de manera aislada, lo dificultan. El escenario, por tanto, en el que se dirime el conflicto está ya definido. Sin resolver los problemas fiscales el estado del bienestar solo puede sobrevivir a base de mayor endeudamiento público. Solo que este ha crecido mucho y se encuentra ya, en la mayoría de los países desarrollados, en terreno peligroso. Si no se encuentran soluciones pronto el desmantelamiento de algunos derechos sociales está a la vuelta de la esquina; y tendrá el apoyo de una parte de la población.

Son pues, como he comentado hace un momento, un conjunto de causas las que están detrás del crecimiento de la desigualdad en estos últimos 20-30 años, unas como la globalización y la automatización son estructurales, forman parte ya del mundo en el que vivimos y viviremos. Lo que hay que plantearse ante ellas no es evitarlas, sino si tenemos las instituciones y las políticas adecuadas y realmente efectivas para que las mejoras de productividad que comportan se transformen en bienestar para todos y no dañen a colectivos mal posicionados ante ellas; veremos enseguida que no tenemos esas instituciones y políticas. Otras causas obedecen y son el resultado de una ofensiva política e ideológica que busca desarraigar y eliminar buena parte de los avances que el consenso socialdemócrata había alcanzado y estabilizado.

4. Thomas Piketty.

Hay otros supuestos orígenes o causas de carácter más inmanente, entre ellos y en primer lugar los desarrollados por Thomas Piketty en su ya famoso libro “El capital en el Siglo XXI”. Los trabajos sobre la desigualdad de Piketty resultan muy valiosos en muchos aspectos, desde los metodológicos que han permitido colocar los análisis de series estadísticas largas sobre la evolución de la desigualdad como una parte ya de la ciencia económica, hasta el haber conseguido una mayor sensibilización social y política sobre los problemas que el crecimiento de la desigualdad está generando. Sin embargo, lo que ha quedado como tesis principal de su trabajo (porque eso es lo que más ha llamado la atención de sus análisis, aunque la intención principal declarada por el autor haya sido otra), la “Primera y la Segunda Ley del Capitalismo” y en particular su formulación (r>g), que viene a decir que en una situación de bajo crecimiento la desigualdad tiende a crecer puesto que la tasa de retribución del capital es una constante, resulta, a mi parecer, inconsistente. Porque lo más dudoso de sus análisis, a mi juicio, viene a ser que, al no poner el foco en los cambios estructurales y políticos que están propiciando el crecimiento de la desigualdad, sino en unas pretendidas “leyes”, consustanciales al capitalismo, el resultado práctico (seguramente no buscado) es que limita extraordinariamente el tipo de políticas que tiene sentido proponer para “evitarlas” (¿cómo se puede luchar de forma eficaz y creíble contra las “leyes del capitalismo”?).

La inconsistencia que comento viene de considerar la tasa de retribución del capital como una constante; no parece razonable, a mí juicio, que esta sea la única ratio económica que no dependa, como todas, de la ley de la oferta y la demanda. En una sociedad con bajo crecimiento como la que Piketty considera más probable (lo que de por sí ya es una hipótesis aventurada), las necesidades de inversión serán bajas también y si la tasa de ahorro no cambia, la retribución de este será menor; la única manera de que la retribución del ahorro no baje, en ausencia de otras variables, será que se ahorre menos, es decir que los que pueden ahorrar (que no son los más pobres) consuman más y ahorren menos, lo que más bien haría disminuir la desigualdad, no aumentarla: los capitalistas pueden llegar a ser cada vez más ricos precisamente porque invierten, el consumo revierte el proceso acumulativo de la riqueza. En cualquier caso, la inconsistencia de esta formulación no hace desaparecer el problema de la desigualdad, ni la necesidad de analizar cuáles deberían ser las mejores políticas para hacer frente a sus efectos. En ese sentido las propuestas, aunque restringidas a Gran Bretaña, que ha desarrollado Anthony B. Atkinson, por ejemplo, me parecen bastante más interesantes.

Decíamos hace un momento que el sesgo desmovilizador de estas teorías que ligan el crecimiento de la desigualdad a leyes inmanentes del mercado no nos parecía un resultado buscado conscientemente por el autor. Y, en efecto, en su segundo y magnífico trabajo “Capital e Ideología”, libro aún más extenso que el anterior, no hay ni la más mínima referencia a esas supuestas “leyes del capitalismo”, sino que por el contrario se enfatiza una y otra vez que las desigualdades son producto de políticas determinadas y concretas, susceptibles por tanto de ser revertidas. En sus mismas palabras: “lejos de cualquier determinismo, la casuística muestra la importancia de las estrategias de movilización social y política”. Las conclusiones del libro son interesantes a la vez que discutibles en algunos aspectos, en particular los referidos al programa de reformas propuesto; aunque no vamos a entrar en ellas, más allá de la constatación del cambio fundamental de perspectiva teórica que comentamos.

5. El primo de Zumosol

Estas son, en mi opinión, las causas estructurales, ideológicas y políticas de fondo que han generado el aumento de la desigualdad y la ruptura del consenso socialdemócrata. Algunos analistas, como José V. Sevilla, Josep Fontana y muchos otros, añaden la del “fin de la URSS” en 1991. Al decir de estos análisis, la derecha europea había estado dispuesta a hacer “concesiones” a sus trabajadores para evitar el efecto de contagio revolucionario que la revolución soviética pudiera tener, pero que una vez desaparecido ese peligro se encontraba ya de nuevo dispuesta a hacer política “sin complejos”. Esta interpretación de los hechos es, en mi opinión, muy discutible; se parece demasiado a una especie de justificación del régimen soviético “a beneficio de inventario”: la dictadura soviética fue sin duda un desastre y una ignominia, pero venía a ser como el primo de Zumosol, que era muy bruto, y así, sin querer, sirvió para que los “reformistas” tuviesen razón.

Si esto fuera cierto lo primero que deberíamos preguntarnos es porqué ocurrió solo en el escenario de Europa Occidental y no en otras partes, mucho más proclives a caer bajo la influencia soviética, como de hecho ocurrió o estuvo cerca de ocurrir. No es creíble que en el único sitio en el que, con arreglo a estos análisis, la derecha parecía dispuesta a hacer concesiones, fuera precisamente donde, de manera recurrente, los trabajadores optaban por políticas reformistas, no revolucionarias, es decir donde más alejados estaban de caer bajo la “influencia” soviética. Lo que sí parece cierto es que el “miedo” de las clases adineradas al contagio de la revolución soviética” debió ser un factor de primer nivel en los acontecimientos políticos ocurridos durante los años posteriores a la misma, pero incluso esos acontecimientos no fueron lineales, tuvieron lugar en varias direcciones: el crecimiento del fascismo, por ejemplo, es inexplicable sin eso, y no digamos la guerra civil en nuestro país: no parece que se tratase de estrategias de “apaciguamiento”.

Pero ya en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial parece más razonable pensar que los avances sociales que se consiguieron fueron más bien producto, por una parte, de la fuerza de los movimientos sindicales en Europa, mucho mejor organizados y con mayor capacidad de presión que en otras partes del mundo, y por otra, de la apuesta del movimiento socialdemócrata por moverse sin ningún género de dudas en el terreno de la democracia y de reformas sociales que pudiesen ser compartidas por amplias mayorías sociales. Eso fue lo que permitió, a mi juicio, cada nuevo avance y convirtió en inviable o muy costoso políticamente cualquier intento de vuelta atrás, no ningún miedo a Leonidas Brézhnef o correligionarios, cuya capacidad de influir en la política europea era prácticamente nula. Los “reformistas” tenían razón por sus propios méritos, no por los del primo de Zumosol.

Este post es la tercera parte de la serie de ocho sobre «El final del Consenso Socialdemócrata». Si quieres leer la primera parte puedes hacer click aquí: La construcción del consenso socialdemócrata (1 de 8) y si quieres leer la segunda parte puedes hacer click aquí:La situación cambia. ( El final del consenso socialdemócrata. Post 2/8)

 Portada de un ejemplar de Classic Comics Library. Louis Zanasky (dibujo) y Fred Eng (tinta). Diciembre de 1942.

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