Skyline de Singapur
Economía

4.- El consenso socialdemócrata se rompe. La derecha social es hegemónica. (4/8 El final del Consenso Socialdemócrata)

Foto: Singapur, uno de los ganadores de la globalización.

1. La crisis de la socialdemocracia.

En cualquier caso, los cambios producidos han afectado de manera fundamental al discurso y a los equilibrios políticos dentro de la izquierda. El consenso socialdemócrata se ha debilitado de manera fundamental, y con él han entrado en crisis los viejos partidos socialdemócratas: una parte de los trabajadores, que están sufriendo de manera extrema el desempleo y la precariedad, se han alejado de un sistema político al que consideran esencialmente ilegítimo y de unos partidos de izquierda o centroizquierda a los que ven como meros colaboradores de ese sistema que les excluye. Las antiguas “identidades” ideológicas, que situaban a los trabajadores en la izquierda política, ya no funcionan de la misma manera; una parte de ellos se ha visto tentada por los discursos nacionalistas o xenófobos y otra busca refugio en algún tipo de regreso a un pasado en que los estados nacionales podían proteger sus empleos.

Todos los instrumentos con los que se construyó el estado socialdemócrata están en crisis. Las características de la nueva cuestión social son hoy en buena medida distintas y más complejas que las de la sociedad en la que crecieron y se hicieron fuertes sindicatos y partidos obreros. La clase obrera basada en la industria, homogénea y con parecidas, o al menos compatibles, demandas sociales, se ha reducido mucho, al compás de los cambios en la industria generados por la globalización y la automatización, y ha dejado de ser un factor determinante social y políticamente. Los problemas hoy son la precarización y los bajos salarios en los sectores más afectados por los cambios que hemos comentado y el paro de larga duración en zonas y países especialmente sensibles a esos cambios, o con problemas de ineficiencia y desajustes en su estructura productiva, como ha sido y sigue todavía siendo el caso de España.

Los “mercados”, en apariencia, empujan hoy en esa dirección, y simultáneamente los estados nacionales se muestran incapaces de desarrollar políticas autónomas que sean capaces de contrarrestar o corregir, de manera efectiva, esas fuerzas. Esto genera en los sectores sociales más afectados una sensación de pérdida, de desamparo, que nadie atiende, que para muchos ciudadanos deslegitima a las propias instituciones democráticas del estado, aparentemente incapaces de ofrecer unas políticas distintas. Esa sensación es aprovechada en algunos sitios por grupos antidemocráticos que amenazan con llevar a una regresión democrática, quizá no tan grave como la de los años 30 del pasado siglo, pero de características parecidas. Pero además esta nueva realidad solo es percibida así por una parte de la población; otras muchas personas, bien posicionadas ante los cambios que se están produciendo en el tejido productivo, perciben las cosas de una manera completamente diferente.

2. Las respuestas políticas se han segmentado.

Se ha producido pues una segmentación de intereses que va por barrios, por edades y por países. Eso es lo que explica la extrema diversidad de respuestas políticas a la crisis social en cada sitio. En España y otros países, con estructuras productivas ineficientes y desequilibradas, que están padeciendo una tremenda crisis de desempleo, agravada por las políticas fiscales inadecuadas de la Unión Europea, el rechazo afecta fundamentalmente a las generaciones más jóvenes, bien formadas y que perciben que el país no les ofrece las posibilidades de desarrollo profesional a las que legítimamente aspiraban; las respuestas aquí no han abandonado el perfil progresista que siempre ha caracterizado a los movimientos “antiestablishment”, pero ha roto el amplio frente de la izquierda y el centro-izquierda que le había permitido ganar elecciones hasta hoy .

En Gran Bretaña y USA se han expandido y vuelto hegemónicas corrientes políticas derechistas  que han sabido interpretar en clave nacionalista la frustración de una parte de los sectores más afectados en estos países, como los trabajadores industriales tradicionales que han ido perdiendo sus antiguos trabajos o han visto disminuir sus salarios y para los que la “nueva economía” no es capaz de ofrecer empleos adecuados; se culpa a la inmigración y se proponen políticas “proteccionistas”, de vuelta a los tiempos en  que no había que competir a nivel global. También en Francia, Italia, Alemania, Austria u Holanda crece la xenofobia, aunque de momento hayan triunfado las opciones centristas. Los eslóganes principales de la campaña de Trump en USA o del “Brexit” en el Reino Unido reflejan muy bien la pretensión aparente de estos movimientos: “Make América great again”, o “Take back control” hablan de vuelta a los buenos y viejos tiempos en que podía haber soluciones en el ámbito del estado nacional.

La situación de desconcierto y aparente falta de proyecto de la socialdemocracia tiene dos orígenes, lo que plantea problemas de dos tipos y los dos afectan a las bases en las que se forjó el consenso socialdemócrata. El primero es que en el fondo la izquierda, hoy por hoy, a diferencia, como hemos visto, de la derecha, no tiene un proyecto que vaya más allá de las fronteras nacionales; sin un proyecto creíble, con posibilidades reales de ser llevado a la práctica, toda la iniciativa queda en la derecha, que es quien en la gran mayoría de los países europeos ha gestionado la salida de la crisis de la manera más acorde con sus intereses. El segundo es que el consenso de base entre la izquierda y el centro izquierda está roto; para importantes segmentos de las clases trabajadoras y, en algunos países, incluso de las clases medias, sus partidos tradicionales ya no les ofrecen alternativas creíbles para resolver sus problemas; les ven como algo extraño, como los “polis buenos” de un sistema diseñado contra ellos. Incluso para muchos la propia democracia representativa, el “sistema”, aparece deslegitimado; de nuevo se buscan democracias “auténticas” y crecen los movimientos antisistema o se trasladan parte de sus postulados a los partidos tradicionales. En estas condiciones el acuerdo entre la izquierda y el centro izquierda, base como hemos visto de todos los avances sociales conseguidos en las décadas pasadas, se rompe; los sectores sociales más centristas no van a seguir derivas antisistema y quedan a merced de las estrategias de la derecha que, como hemos visto, ha decidido aprovechar la situación para revertir todo lo que pueda del estado de bienestar.

3. Crisis fiscal.

Porque la derecha sí tiene un proyecto que va más allá de las fronteras del estado nacional. La contestación afecta en primera instancia a todo el espectro político, culpable de no saber ofrecer salidas a los problemas, cuando no de connivencia con los que se están beneficiando de la situación. Pero los efectos políticos más negativos se producen en los partidos que tienen su apoyo electoral en los sectores de la sociedad más desfavorecidos. A  pesar de ser considerada como la principal responsable del deterioro y el desamparo que hemos comentado, la derecha, en realidad, hace tiempo que percibió las oportunidades que la situación le ofrecía para romper la hegemonía a la que el “consenso socialdemócrata”, según su visión, les había obligado, y tiene claramente un programa para desmantelar el actual estado del bienestar aprovechando el cambio de paradigma en las relaciones de producción al que la globalización y la automatización empujan inevitablemente.

Es en cambio, como decimos, en la izquierda, desarbolada y fuera del poder en prácticamente todos los países europeos, donde los efectos políticos están resultando más graves; son los sectores sociales que tradicionalmente han dado soporte a las políticas de izquierdas o progresistas los que más están sufriendo los efectos de la globalización de los mercados y la automatización de una parte de los procesos productivos. Los instrumentos que tradicionalmente han servido para mejorar, o al menos defender, la posición de los trabajadores, no son capaces hoy de ofrecer respuestas adecuadas. Los sindicatos son útiles para evitar abusos en las empresas y mejorar los salarios en sectores consolidados y con un elevado grado de homogeneidad en los tipos de empleo que ofrecen; su fuerza real está en las empresas y en la capacidad de movilización y presión que son capaces de realizar en ese terreno, pero tienen poco que ofrecer cuando los problemas son de desempleo, de subempleo o de precarización: esos problemas no pueden resolverse más que parcialmente en el seno de las empresas, obedecen a otras causas y deben abordarse desde otro tipo de plataformas sociales y políticas. Los partidos de izquierda, socialdemócratas con unos u otros nombres, se muestran incapaces de desarrollar políticas efectivas que detengan el deterioro. Se encuentran aparentemente atrapados en la imposibilidad de afrontar los retos actuales en los estrechos marcos del estado nacional.

En otras partes he desarrollado el tipo de efectos que la mundialización de los problemas está generando en el funcionamiento de los estados nacionales. Como resumen se podría decir que, en estados de tamaño medio, como la mayoría de los europeos, es hoy imposible mantener políticas autónomas en muchos terrenos que afectan al nivel y calidad de vida de los ciudadanos de cada estado, en particular en la políticas redistributivas o paliativas de los efectos del funcionamiento económico en la desigualdad de rentas. A los problemas, que se acaban de comentar, de desigualdad que el mercado genera, se une la aparente incapacidad de los sistemas fiscales de casi todos los países desarrollados para, como se suele decir desde círculos interesados, “mantener en el futuro sus generosos estados del bienestar”. La deuda pública se acerca en prácticamente todos ellos, o incluso supera en algunos casos, el 100 % del PIB. En estas condiciones es ciertamente difícil que no se mire el futuro con preocupación; tal y como están las cosas es dudoso que la situación no termine afectando de manera relevante a las prestaciones y servicios sociales que el “consenso socialdemócrata” ha ido construyendo.

4. Los paraísos fiscales.

El funcionamiento de los movimientos de capitales y la protección que todos los países importantes a estos efectos siguen haciendo de los paraísos fiscales, han generado un deterioro global del tratamiento fiscal de las sociedades y de las rentas de capital en prácticamente todas partes. El efecto combinado de paraísos fiscales, precios de transferencia entre filiales y negocios basados en internet está resultando demoledor. Los países que no tienen bajo su directa protección uno o varios de esos “paraísos” no han tenido más remedio que “protegerse” bajando sus tipos impositivos, es decir convirtiéndose a su vez en una especie de “paraísos light” para las rentas del capital. Todos los intentos de controlar el problema han terminado, hasta hoy, fracasando. Es evidente que no hay nada casual en todo esto: se trata sin duda de una estrategia, muy eficaz, para desarbolar los sistemas fiscales progresistas. Sin resolver el problema de la fiscalidad de las rentas de sociedades y del capital, hoy en mínimos históricos, la política fiscal carece de principios y de justificación; resulta casi un insulto pretender resolver los problemas de financiación pública con más presión sobre las clases medias asalariadas cuando cualquiera con un negocio o una mínima fortuna elude los impuestos saltando de un país a otro, o “convenciendo” a sus políticos de que reduzcan sus tipos para no tener que irse a otro sitio.

Pero lo mismo ocurre con las políticas macroeconómicas, imposibles de desarrollar a escala nacional fuera de los grandes actores mundiales; o con los problemas medioambientales, o de seguridad, o los que generan las migraciones, o no digamos los de la defensa. No es hoy posible desarrollar ningún programa político progresista de una forma autónoma, en el seno de cada estado nacional, a menos que se trate de banalidades demagógicas u objetivos imposibles. Pero, como hemos visto, la pulsión más poderosa de los colectivos afectados por la precariedad sigue siendo, una y otra vez, con unos o con otros ropajes ideológicos, volver la vista a los tiempos en que el juego se planteaba en el exclusivo ámbito del estado nacional; es ahí donde hace apenas unas décadas resultaba posible desarrollar políticas que ofreciesen trabajo para todos, seguridad en el empleo y salarios más decentes.

La epidemia de coronavirus que venimos padeciendo parece haber puesto de pronto en cuestión todo el proceso de mundialización que comentamos: ante la gravedad del problema el reflejo más inmediato en todas partes ha sido el de buscar refugio en el estado nacional propio. Se han cerrado fronteras y aeropuertos y se han puesto en cuestión las reglas e instituciones internacionales que se habían ido desarrollando al compás de la globalización, que se muestran inoperantes en apariencia. Muchos predicen una vuelta del nacionalismo (como si se hubiera marchado) y una suerte de nuevo aislamiento económico, un regreso de los mercados nacionales.

Dudo mucho que esto ocurra. Se avecina o, mejor dicho, ya estamos en ella, una crisis económica de gran envergadura, que no sabemos lo que va a durar, pero de la que con toda seguridad no se va a poder salir mientras no se reconstruyan los acuerdos internacionales que den seguridad al comercio y las inversiones. Es muy posible que cambien los parámetros estratégicos en los que se muevan los distintos países, que los intercambios y las inversiones se agrupen y reordenen de otra manera, pero el proceso de internacionalización de las cadenas de valor es un proceso de fondo que ha venido para quedarse porque aporta eficiencia; ningún país, ni siquiera los de mayor tamaño pueden hoy permitirse autarquías durante mucho tiempo; no hay alternativas a la globalización.

Este post es el cuarto de la serie «El final del Consenso Socialdemócrata» si quieres ver el primer post haz click en La construcción del consenso socialdemócrata (1 de 8)

Si quieres leer el segundo post, de la serie, haz click en: La situación cambia. ( El final del consenso socialdemócrata. Post 2/8)

Si quieres leer el tercer post, puedes hacer click en el siguiente enlace: De nuevo se extrema la desigualdad y la precariedad. ( El final del Consenso Socialdemócrata, 3 de 8)

Foto: Skyline del Boat Quay en Singapur. A la derecha se ve el Distrito de Negocios que incluye los siguientes edificios: UOB Plaza,   Centro OUB, Tribunal Supremo, Ayuntamiento.

A la izquierda se ven: El Marina Bay Sand, y el Explanade.

Autor: Chenisyuan. 3 de Junio de 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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